Para una gran ciudad, un gran maratón.

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maratón / New York

—¡Quiero repetirlo, quiero volver a correr Nueva York!

—Si quedas en el sorteo, vamos— .

Así fue como Lalo y yo regresamos a la ciudad que nunca duerme.

Meses de entrenamiento fuerte: miércoles de repeticiones que terminaban en baños de sudor, sábados de fuerza y oxigenación en montaña y domingos de largas con variantes de ritmo y tiempo.

Partimos a la gran manzana el viernes 01 de noviembre por la mañana en compañía de nuestra amiga Julieta; ella es una de las personas que más anhelaba me acompañara y me viera correr en algún maratón, pues comparte la misma pasión por el deporte que yo, sólo que ella es más de agua (sí, es nadadora).

Después de varias horas de dormir llegamos a nuestro destino y pese a que pasamos muchas horas sentados en el avión, el tiempo que nos hacen esperar en la aduana no es nada grato, pero es una señal de que ya estás en Nueva York.

Una vez instalados en el hotel decidimos salir a cenar para después ir a Times Square antes de ir a descansar.

El sábado, trotamos con nuestro amigo Mikel (aka Mr. Manhattan), fuimos a la expo, caminamos un poco, regresamos al hotel por la tarde y alistamos las cosas antes de dormir.

 

Domingo 03 de Noviembre

Antes de que sonará la alarma me levanté y me alisté. Nos dirigimos hacia el metro y nos sentamos a esperarlo, los minutos fueron pasando, los nervios se iban apoderando de nosotros y de todos los corredores que nos encontrábamos ahí. Algunos optaban por tomar el metro hacia otra dirección, otros se iban y otros al igual que Lalo y yo optábamos por esperarlo. Afortunadamente el metro llegó y ya en la Biblioteca la fila para abordar los autobuses avanzaba rápidamente. Llegamos a Staten Island justo en el disparo de salida de los competidores de silla de ruedas, por lo que nos fuimos directo a nuestros corrales después de pasar el cerco de seguridad. Dentro de mi corral pude ver como Mikel se transformaba en Mikela, me dió mucho gusto verl@ ahí, por primera vez compartiríamos un maratón. Después de despojarnos de ropa y de escuchar a Frank Sinatra partimos a la fiesta más ruidosa de América.

La salida fue increíble (en esta ocasión me tocó salir arriba del puente), la vista que teníamos era mágica, teníamos a los helicópteros muy cerca de nosotros. Mikel corría adelante de mí, hasta que llegó un momento en que ya no lo vi por lo que continué con mi carrera. Al bajar el puente la gente nos esperaba ya en las calles con letreros de ¡Bienvenidos a Brooklyn! y los niños estiraban sus manitas para chocarlas. Fue hasta el kilómetro 3 o 4 en el que me decidí quitarme la chamarra, mi cuerpo ya había entrado en calor y podía tolerar el aire fresco.

Tomaba agua e isotónico en cada puesto de hidratación que pasaba. En el reloj del kilómetro 10 vi que iba un poco rápido, intenté bajarle, pero entre el goce, la adrenalina, la porra y la música no lo conseguí, así que dejé que todo fluyera. Al atravesar el barrio judío casi me llevo a un señor que se cruzó la calle sin fijarse si venían corredores. En el kilómetro 21 me dije: Ya vamos a la mitad, ¡síguele! y cada que veía una bandera de mi país o que escuchaba ¡Vamos México! les sonreía, levantaba el puño y hasta les gritaba.

Mucha música pegajosa y animosa en toda la ruta nos hacía bailar, bueno al menos yo no me resistía y movía la cabeza y los brazos al ritmo de ella. Sin embargo, NY también tiene sus momentos de silencio y tranquilidad como es el puente de Queensboro en el que no se escuchan porras, sólo se escuchan nuestras pisadas. Ahí pude presenciar los primeros estragos del maratón, unos guías junto con sus competidores en silla de ruedas se detenían y yo sólo anhelaba que estuvieran bien y que pudieran continuar. Seguí mi camino, pues sabía que estaba próximo el kilómetro 26, punto en el que habíamos quedado de ver a Jules, así que al terminar de bajar el puente decido prestar más atención a la porra para tratar de localizarla y chocar su mano, pero entre tanta gente no lo conseguí y sólo deseé que Lalo tuviera más suerte y lograra verla.

836380_1024_0023En el trayecto me topé con varios mexicanos, pero la sorpresa mayor ocurrió mientras cruzábamos el último puente. A lo lejos vi una playera de Corro por Ayotzinapa y atrás de él una playera roja con el logo de Nemik, seguí corriendo hasta acercarme y al pasarlo volteé a verlo y era Germán Silva, la leyenda mexicana de Nueva York, mi primer coach “formal” que tuve. Me sacó una sonrisa y le dije ¡Venga Germán!, inspirada seguí corriendo. El puente terminó y la gente seguía gritándonos y apoyándonos en todo momento.

Por el kilómetro 35 un corredor con prótesis en las dos piernas me rebasó y me inspiró a seguir. Llegamos a Harlem y pienso que cada vez estamos más cerca, los kilómetros pasan, las piernas comienzan a sentir el cansancio, el aire se siente cada vez más fresco y mis muslos los siento fríos. Trato de distraerme y no prestarles atención mientras miro al frente y por fin veo a lo lejos la entrada a Central Park. Metros adelante escucho una voz muy familiar, volteo y al verlo le grito ¡Micho!. Ahí está, se acerca hacia mí, corre unos pasos conmigo hasta que el policía lo regaña y no lo deja continuar. Esos momentos fueron mágicos, me inyectó de la energía que lo caracteriza para seguir corriendo y entrar al parque sonriendo.

Central Park, eres hermoso pero tus subidas y bajadas pesan mucho después de traer en las piernas un poco más 36 kilómetros, pero la gente está ahí, la mayoría familiares y amigos de los corredores que estamos entregándolo todo. En esos últimos kilómetros veo a un corredor que por momentos se detiene, al parecer los calambres se quieren hacer presentes; su amigo que corre junto a él lo alienta para continuar. Caminan y corren por tramos, les echo porras y continúo. En la recta hacia Columbus escucho a la porra más animada o quizá mis ánimos son los que comienzan a incrementarse, doy vuelta a la derecha para entrar por esos últimos 800 metros, al ver la meta en la última subidita corro con la poca energía que me queda, cruzo la meta con el puño levantado, sonrío y se me escapa un grito de felicidad.

Los voluntarios nos aplauden y nos felicitan mientras caminamos hacia la salida. Algunos corredores se detienen a estirarse o simplemente a acostarse. Yo me detengo hasta después de haber recogido mi medalla, estiro un poco para después contestarles a mis papás y amigos sus mensajes de felicitación. Veo a mi amigo Mau quién también corrió, después llega Lalo e intercambiamos nuestras primeras reacciones. Todos estamos felices, cruzamos una meta y cumplimos un sueño más.

Después de casi un mes de haberlo corrido continúo contenta y sigo asimilando todo lo que viví y aprendí, tengo muchas mejoras por hacer entre ellas, mi alimentación durante la carrera. El maratón nos deja muchas enseñanzas y nos motiva a continuar, por ello quiero agradecer a Lalo por decirme que corriéramos de nuevo Nueva York (sin duda alguna correr la Gran Manzana siempre será una gran opción) y por estar siempre a mi lado. Gracias a Newton por apoyarme y equiparme con mis tenis de entrenamiento y de carrera. Gracias a mis papás que a pesar de ponerlos nerviosos en cada maratón ahí siguen emocionándose conmigo. Gracias a ti Gerry por creer en mí y guiarme en todo este camino, sabes que tenemos mucho por trabajar y no pararemos. Gracias a Camilo por trazar las rutas de los domingos y esperarnos hasta que termináramos. Y el último agradecimiento es para Jules por acompañarnos y vivir con nosotros un maratón. ¡Te queremos mucho!

The Author

Comunicóloga visual por vocación, bailarina en el corazón y amante de los perros. ¡Mi pasión es correr!

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